“El fin de la historia” y la predicción de Fukuyama

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En 1992, mientras el mundo observaba atónito el desmembramiento de la Unión Soviética, el politólogo Francis Fukuyama lanzó una tesis audaz que definiría una era: "El fin de la Historia y el último hombre" (The End of History and the Last Man). O simplemente "El fin de la Historia" título de su ensayo original de 1989, la obra completa añadía una dimensión filosófica crucial, el concepto del "último hombre".

Inspirado Friedrich Nietzsche, influyente filósofo, poeta y filólogo alemán del siglo XIX. Fukuyama no solo planteaba el triunfo político de la democracia liberal, sino que se preguntaba qué pasaría con el ser humano cuando ya no tuviese grandes causas ideológicas por las cuales luchar.

Su argumento central sugería que la humanidad había alcanzado su última frontera. En su visión, el motor del progreso impulsado por el deseo de reconocimiento y la dignidad encontraba su satisfacción plena en las libertades individuales, dejando al socialismo y al autoritarismo como meros restos arqueológicos del pasado.

Bajo este optimismo global, se creía que las fronteras se abrirían y las dictaduras caerían por su propio peso ante la superioridad moral del modelo liberal. Sin embargo, la historia, caprichosa e implacable, tenía preparada una refutación trágica en el corazón de América Latina.

Lo que Fukuyama no previó fue que, sobre el resentimiento y la desigualdad, emergería un modelo que pretendía desafiar la lógica del tiempo, el llamado "Socialismo del Siglo XXI", apenas siete años después de su publicación en 1999. En Venezuela, este proyecto no fue el avance hacia el progreso, sino un retorno violento a los atavismos del control estatal absoluto y la aniquilación del individuo.

Paradójicamente, Fukuyama temía que el "último hombre" se aburriera en la abundancia de la democracia, hoy, al observar la caída libre de este sistema ideológico, somos testigos de un contraste demoledor. Mientras la teoría vaticinaba ciudadanos libres y educados, el modelo venezolano se dedicó a construir una estructura de asfixia. Intentaron detener el reloj de la historia mediante la expropiación y la persecución, creando un nudo de desidia que hoy aprieta el cuello de cada familia venezolana.

El fin de la historia del socialismo en Venezuela llega por su propia inviabilidad orgánica. Es la implosión de una mentira que prometió el cielo y entregó un abismo. Su caída estrepitosa demuestra que ir contra la naturaleza humana y la libertad de mercado solo conduce a la miseria.

Ante el colapso de este dogma, la lección es clara, la democracia no es un destino garantizado, sino una construcción diaria. La historia no terminó en 1992, continúa hoy en 2026. Estamos obligados a escribir un capítulo nuevo, donde el Estado sea el barandal que proteja la vida y no el peso que la empuje al vacío. Es hora de que el progreso deje de ser una teoría de libro y se convierta en el pan y la libertad de cada uno de los venezolanos.

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Por: Leg. Giovanny Marquina secretario general (E) de COPEI - Mérida

 

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