En mayo de 1973 se cumplían 100 años de la muerte del General José Antonio Páez, quien falleció en Nueva York en 1873. Para conmemorar la fecha, el entonces presidente Dr. Rafael Caldera ordenó la construcción de un nuevo y digno mausoleo de mármol en el Panteón Nacional el cual fue esculpido por el artista José Pizzo. Para instalar el nuevo monumento, era necesario levantar la losa de piedra donde reposaban los restos del "Centauro de los Llanos", la operación que estuvo a cargo del Dr. Marcos París del Gallego, quien era el Director de Ceremonial y Acervo Histórico de la Nación, y que al levantar la losa y abrir el sarcófago de plomo y acero, los presentes quedaron asombrados, pues el cuerpo de Páez se encontraba en un estado de conservación casi perfecto.
Según el informe, indicó; que su piel conservaba cierta elasticidad, sus facciones eran claramente reconocibles y su cabello gris se mantenía intacto. Vestía un impecable paltó levita negro como si estuviera listo para firmar un decreto presidencial. Se cuenta que, al abrir la urna, una ligera brisa que entro hizo que un mechón de su cabello se moviera rápidamente y cayera sobre la amplia frente del prócer, dando la impresión de que el general estaba dormido a punto de despertar.
Tras recibir el informe del Dr. París del Gallego, sobre el impresionante estado del cadáver al presidente Rafael Caldera este le dijo; París "deja que los muertos descansen en paz", con su característica prudencia. No fue nada paranormal, el responsable fue el Dr. Federico Gálvez y Alfonso, un médico anatomopatólogo cubano quien utilizó una técnica de embalsamamiento muy avanzada para el siglo XIX.
Paez, héroe de mil batallas, su historial militar es una epopeya. Desde la asombrosa victoria en las Queseras del Medio (1819), donde con solo 153 jinetes derrotó a todo el ejército de Morillo al grito de "¡Vuelvan caras!", hasta su papel decisivo en la Batalla de Carabobo (1821), donde su división fue la que rompió las líneas realistas para sellar la independencia. Fue el arquitecto político que lideró el movimiento de La Cosiata, separando a la Gran Colombia para darnos nombre propio a Venezuela, convirtiéndose en el fundador de la Cuarta República, tres veces presidente, un estadista que hablaba francés y tocaba el violín, simbolizando la transformación del guerrero en ciudadano.
A finales del siglo XX, esta gloria fue objeto de un ataque sistemático. La narrativa impuesta por Chávez tras su ascenso en 1999 intentó demoler la estatura de Páez, tildándolo de "corrupto", "traidor" y "latifundista". El objetivo fue minimizar la gesta del héroe que derrotó al Imperio Español para agigantar, por contraste, su "liderazgo" con su supuesta lucha contra el "imperio estadounidense". Chávez acusó a Páez de entregar la patria a las élites.
Mientras se vilipendiaba a Páez por poseer tierras que fueron ganadas en batalla, luchó por una independencia real contra un imperio formal, el revisionismo contemporáneo ha entregado la soberanía económica a potencias extranjeras bajo una retórica de confrontación que solo ha generado aislamiento y pobreza.
La figura de Páez, preservada casi intacta en el Panteón, así como su legado permanece como un recordatorio de una Venezuela valiente. Mientras el discurso oficialista intentó borrar su gloria para ocultar sus propios fracasos, el país hoy reconoce que los verdaderos "traidores" no son quienes fundaron la Cuarta República en 1830, sino aquellos que, 216 años después de la gesta emancipadora en 1811, han convertido a la nación en un territorio de sombras, hambre y opresión.


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