Una mujer neerlandesa de 52 años contó la violencia que sufrió durante cinco años. Su expareja la obligó a tatuarse su nombre en todo su cuerpo. "En todos los lugares donde alguien me había tocado alguna vez, tenía que ir su nombre", contó Joke en el podcast Vrouwenmoord del medio local Hart van Nederland.
Residente de Róterdam, una ciudad portuaria de la provincia neerlandesa de Holanda Meridional, Joke relató que conoció a Hans en un momento complicado de su vida. "Antes de conocerlo, llevaba una vida que, en realidad, era un poco exagerada. Demasiadas fiestas y nada que ver con lo que prescribe la fe", recordó.
Joke compartió con Hans las experiencias de su pasado, que utilizó junto con la religión para manipularla. "Según Hans, era la voluntad de Dios que nos hubiéramos conocido. Me enviaba mensajes con antiguos pasajes de la Biblia holandesa", contó.
Ella trabajaba junto con su hermano en ese momento, pero de alguna forma Hans la convenció de que "hablaba con Dios" y que debía someterse a su voluntad. "Tuve que renunciar a todo, porque eso es lo que se hace por Dios. Tuve que deshacerme de todo lo que poseía: fotos, medias e incluso colitas para el pelo", explicó.
También la obligó a olvidar su pasado y dejar atrás a sus hijos, al punto en que "no podía verlos, tenía que odiarlos". "Pero no lo logré. Sobre todo cuando, por ejemplo, escuchaba el nombre de mi hijo en la tele. Ni siquiera ante Dios pude hacerlo", relató.
La violencia escaló hasta niveles físicos. En una oportunidad Hans le ordenó a Joke que permaneciera unida a él para evitar que el diablo la arrastrara, por lo cual ella se ató a su cuerpo con una sábana en la cama. "Cuando me enfrentaba a él, me decía: “Oh, ahí está el Padre, está furioso”. Entonces me estresaba. No te imaginas lo loco que te vuelves", sostuvo.
"Cada vez que recordaba algo del pasado, su cuerpo se debilitaba. Cuanto más volvía a pasar, más rápido moriría él y entonces no se cumpliría la voluntad de Dios. Se había metido tanto en mi cabeza. En realidad, tenía que pensar en sexo con él las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Esa era la orden", agregó.
Los tatuajes: marcas permanentes de un control enfermizo
Las marcas en su cuerpo comenzaron cuando Hans compró una máquina para tatuar en un sitio online. Cada dos días la sometía a un nuevo tatuaje, con sesiones dolorosas que podían durar horas. El primer tatuaje fue en su pubis, donde él escribió "Hans".
El hombre la marcaba con su nombre o variantes de él, como sus iniciales. También le tatuaba con frases como "maestro Hans" o "propiedad de Hans". Así, el 90 por ciento de su cuerpo quedó tatuado. Solo las palmas de las manos y las plantas de los pies quedaron libres de tinta. "Eso me protegería del diablo, decía él. Lo hacía por Dios", explicó Joke.
"Me salía pus del cuerpo. Tenía que sentarme en una pileta infantil con agua helada, temblando de fiebre. No me dejaba tomar paracetamol para el dolor. No podía decir nada ni hacer preguntas, porque si no, él se enfurecía. Te volvía loca", añadió.
La situación se tornó insoportable para Joke, quien perdió su casa y se vio obligada a vivir en una caravana con Hans. Él la manipulaba y extorsionaba. Un día, cuando Hans tuvo un ataque de ira, Joke no tuvo más opción que acudir a la policía. Finalmente pudo terminar la relación. Fue acogida en un centro para víctimas de violencia de género.
A través de la Fundación Veilig Thuis -el servicio de asistencia para víctimas de violencia de género- conoció a Andy Han, experto en eliminación de tatuajes por láser y cofundador del centro "Tattoo No More". Junto con su esposa Dex Xaviera dirige la fundación "Spijt van Tattoo".
Estos organismos se dedican a asistir a personas que desean remover marcas en la piel vinculadas a traumas profundos. "Me preguntaron si podía ayudar a Joke. Sabía que me esperaba alguien con muchos tatuajes, pero bueno; estaban por todas partes. No podía ocultarlos", relató Han.
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