Un pobre campamento minero

"Venezuela entró al siglo XX con treinta y cinco años de retardo [...] lo que entonces llamábamos República no era sino un pobre campamento minero donde la ley del más fuerte o la astucia del más rapaz sustituían al derecho."

                                                                                                                                                                   Mariano Picón Salas

Por, J. Miguel Lara Mania.

En 1949, Mariano Picón Salas sentenció con amargura que Venezuela había entrado al siglo XX con retraso, describiendo al país no como una república, sino como un "pobre campamento minero". Aquella metáfora denunciaba una estructura donde la riqueza de esta tierra se extraía, pero no se sembraba en el espíritu de las instituciones. Hoy, cuando ha transcurrido un cuarto del siglo XXI, la pregunta nos sigue golpeando con la misma fuerza: ¿Hemos logrado, finalmente, ser algo más que un campamento minero?

El drama del "campamento minero" es su transitoriedad. En un campamento no se construyen cimientos sólidos ni se fundan academias para la posteridad; se sobrevive mientras dure la veta.  A los venezolanos, como nación que tiene un pasado común y que vislumbra un futuro compartido no le debe bastar con administrar la renta de lo que subyace en el suelo. El siglo XXI pertenece a las naciones que cultivan el talento humano, la innovación y no se quedan solo con las ventajas comparativas, sino que desarrollan las ventajas competitivas.

En este sentido, Acemoglu y Robinson en su texto Por qué fracasan los países, sostienen que la diferencia entre la prosperidad y la miseria no radica en la geografía, sino en las instituciones. Bajo esta óptica, el "pobre campamento minero" de Picón Salas es la descripción perfecta de una sociedad extractiva: Aquella diseñada para extraer ingresos y riqueza de un sector de la sociedad para beneficiar siempre al caudillo de turno, utilizando la "astucia del rapaz" y la "ley del más fuerte" para perpetuar su dominio.

El avance como país exige, por tanto, una transición radical hacia la institucionalidad, siguiendo la tesis de Acemoglu y Robinson, hacia las instituciones inclusivas. Estas son las que permiten y fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y habilidades. Para que Venezuela entre definitivamente al siglo XXI, la institucionalidad debe garantizar la propiedad privada, un sistema jurídico imparcial y servicios públicos que creen igualdad de oportunidades. Solo cuando las instituciones son inclusivas, el "campamento" se transforma en "ciudad", porque los ciudadanos sienten que tienen una decisión a largo plazo en el destino del país.

La institucionalidad no es un concepto abstracto; es el mecanismo que elimina la incertidumbre. En el campamento, el futuro es una apuesta; en la nación institucionalizada, el futuro es una planificación. El civismo florece únicamente cuando las personas confían en que las reglas se aplican a todos por igual. Por ello, la construcción de una burocracia técnica y no nepótica, la independencia real de poderes y el respeto a la alternancia no son meros adornos conceptuales, sino las vías esenciales conllevan el capital social de un país hacia el desarrollo.

La democracia, en su acepción más profunda, trasciende el simple gobierno de las mayorías para consolidarse como un sistema donde el respeto irrestricto a los derechos de las minorías está garantizado por el imperio de la ley, una premisa fundamental que hoy se ve amenazada por una dirigencia política incapaz, que priorizan la validación efímera de las redes sociales sobre la construcción institucional.

En un país que aspira a superar la precariedad de su estructura extractiva, la verdadera democracia exige una ciudadanía vigilante capaz de rechazar el espejismo del aplauso digital y demandar, en cambio, un ejercicio del poder centrado en la rendición de cuentas, la solidez de las garantías constitucionales y la institucionalidad, elementos que separan, de manera definitiva, a una nación soberana de un campamento cautivo de las presiones coyunturales.

En síntesis, el "pobre campamento minero" que diagnosticó Mariano Picón Salas no es una fatalidad geográfica ni una condena impuesta por el subsuelo; es, ante todo, una inercia política y una condición mental de la población que nos mantiene atrapado al país en la provisionalidad. Hemos vivido demasiado tiempo bajo la ilusión de que somos huéspedes en nuestra propia tierra, esperando que la renta, el caudillo o la astucia del momento resuelvan nuestro destino. Sin embargo, la historia de las naciones que han logrado prosperar nos enseña una verdad incómoda: El desarrollo no es un regalo del clima ni del azar, sino el resultado de una arquitectura institucional que no perdona la improvisación.

La democracia que hoy nos urge no es un juego de números en las redes sociales, sino el ejercicio riguroso de una ciudadanía que fiscaliza, que se organiza y que, sobre todo, no admite que el derecho sea un privilegio de quien hace más ruido. La institucionalidad que tanto nos falta no se construye con discursos grandilocuentes, sino con el respeto diario a las reglas del juego que protegen tanto a la mayoría como a la minoría.

La transformación real comienza en el instante en que dejamos de esperar soluciones mágicas y asumimos que cada interacción pública —cada exigencia de transparencia, cada defensa de la norma, cada rechazo a la corrupción— es un golpe de cincel contra las paredes de este viejo campamento.

Es hora de dejar de ser los habitantes de un pobre campamento minero y convertirnos en ciudadanos de una nación. La pregunta que debemos hacernos no es si el país cambiará, sino cuánto estamos dispuestos a hacer para edificar un país de progreso. La invitación está hecha: Si el campamento se sostiene sobre la ignorancia y la apatía, la nueva República comenzará a levantarse sobre los cimientos de la ley, la civilidad y la ciudadanía.

Referencias Bibliográficas

  • Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto.
  • Pasquino, G. (2011). La democracia exigente. Fondo de Cultura Económica.
  • Picón Salas, M. (1987). Comprensión de Venezuela. Monte Ávila Editores. (Obra original publicada en 1949).
  • Porter, M. E. (1991). La ventaja competitiva de las naciones. Javier Vergara Editor SA.
  • Ricardo, D. (2004). Principios de economía política y tributación. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1817).

*Por: J. Miguel Lara Mania. Politólogo, Analista Político, Experto en Comunicación Política y Consultor en temas sobre la participación de los Jóvenes en asuntos Políticos. 

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