"EL TORO DE FALARIS", DE SICILIA A PANAMA


La historia de la humanidad es en gran medida de la lucha entre la dignidad y la barbarie. Entre todos los relatos de crueldad que nos llegan desde la antigüedad, ninguno es tan aterrador para quienes ejercemos la política como el del Toro de Falaris. No es solo una crónica de tortura, es el retrato perfecto de cómo la soberbia y la creatividad puestas al servicio de la opresión terminan, inevitablemente, devorando a sus propios creadores.

 

En el siglo VI A.C., la ciudad de Acragante fundada por griegos en el año 580, hoy Agrigento, Sicilia vivía bajo el puño de hierro de Rey Falaris. Aunque su gestión trajo cierta bonanza económica, su nombre quedó marcado por una "creatividad" sádica. Falaris no buscaba solo castigar, buscaba el espectáculo del dolor. Para ello, encargó al escultor Perilo de Atenas una máquina de terror, un toro de bronce hueco donde se asaba vivos a los condenados.

 

El detalle más perverso era acústico, una serie de flautas desde dentro de la nariz del toro convertían los alaridos humanos en bramidos de animal. El tirano quería deshumanizar el sufrimiento, transformar el martirio en música para sus oídos. Sin embargo, la justicia tiene formas irónicas de manifestarse.  

 

Tras dar el último martillazo a su macabra obra, Perilao de Atenas, henchido de una arrogancia técnica que nublaba su moral, se jactó ante el tirano; "Señor, de hoy en adelante, los alaridos de tus enemigos no te perturbarán, te llegarán a través de los tubos como los bramidos más tiernos, patéticos y melodiosos que jamás hayas escuchado" .

 

Perilao, en su ceguera, esperaba una lluvia de oro como recompensa por haber musicalizado la tortura. Sin embargo, Falaris, en un arranque autoritario de cinismo aún más oscuro que el del propio inventor, decidió que no había mejor crítico para aquel sistema de sonido que su propio creador. Mediante el engaño, obligó a Perilao a internarse en el vientre de bronce para "probar la acústica". Una vez dentro, la compuerta se cerró con un estrépito metálico que sentenció su destino.

 

Bajo el toro se encendió el fuego, Falaris escuchó con una satisfacción aterradora, los primeros bramidos de agonía. Pero el tirano, en un acto de crueldad refinada, no permitió que el metal le concediera a Perilao la misericordia de la muerte rápida, ordenó sacarlo del vientre ardiente justo antes del último suspiro, solo para arrojar su cuerpo semivivo desde lo alto de un acantilado.

 

La historia, sin embargo, guarda un último acto de justicia poética. Años más tarde, cuando el pueblo liderado por Telémaco no pudo soportar más el peso de la opresión, el propio Falaris fue arrastrado hasta su amado instrumento del Toro de Bronce. El tirano que pretendía convertir el dolor ajeno en melodía, terminó exhalando su último aliento en las flautas de la nariz de esa escultura, convertido en el mismo bramido animal que él mismo había diseñado.

 

Un ejemplo moderno y contundente de este ciclo es la figura del dictador Manuel Antonio Noriega en Panamá. Al igual que Falaris, Noriega construyó un sistema de tortura basado en el terror, la corrupción sistémica y el narcotráfico. Se creyó intocable bajo la sombra de un poder que él mismo corrompió, convirtiendo a una nación entera en el escenario de sus excesos.

 

Sin embargo, la soberbia del tirano lo llevo hacer el arquitecto de su propia celda. En 1989, el mismo EE.UU., que alguna vez fue su aliado, él como ex agente de la CIA, se convirtió en el ejecutor de su caída. Noriega no murió cocido dentro del toro, pero padeció un "Toro de Falaris" institucional y jurídico.

 

Fue capturado y llevado a una cárcel federal de los Estados Unidos, donde fue juzgado y sentenciado por sus crímenes de narcotráfico, perdiendo no solo el poder, sino todo el dinero que le robó a su pueblo, producto de la corrupción de la cúpula de su gobierno que tanto tapó.

 

Tras cumplir décadas de condena en suelo estadounidense, fue extraditado a Francia, donde el sistema judicial europeo lo esperaba para cobrar sus deudas pendientes.

 

Noriega terminó sus últimos días pagando condenas en celdas extranjeras, lejos del lujo y el miedo que alguna vez inspiró. finalmente, cuando fue extraditado nuevamente a Panamá, tras años de encierro y decadencia física, representa la versión moderna de los bramidos de Falaris. El exdictador panameño Manuel Antonio Noriega murió el 29 de mayo de 2017 a los 83 años de edad en Ciudad de Panamá. Pasó cerca de 30 años pudriendo se en prisión.

 

La gran lección de la historia es que es cíclica, y que lo único que cambia son los protagonistas. Los tiranos que diseñaron "toros de bronce" de control social, leyes de persecución y sistemas de extracción de riqueza, deben mirarse en el espejo de Noriega. La justicia internacional, los cambios geopolíticos y, sobre todo, el despertar de los pueblos, son fuerzas que terminan por arrojar al opresor dentro de su propia estructura de maldad.


 

Por: Leg. Giovanny Marquina

Secretario General de COPEI - Estado Mérida

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